> Nuestro pueblo
tiene dos salidas, una en el norte y otro en el sur: La Ruta 1 y la Ruta 21
respectivamente. Por la 1 puedes llegar a la Viridian City, la 21 es una ruta
marítima, un camino imaginario sobre el mar, lo que nos deja realmente con una
sola salida en el norte porque nadie camina sobre el agua como ese súper héroe
de los días antiguos, en fin, la gente insiste en llamar “Ruta 21” al puto mar,
creo que los hace sentir mejor.
El pueblo está
cercado, envuelto por redes de acero y pilares de concreto que nos separan del
mundo y de la hierba alta. Las redes nos protegen. Ellos afuera, nosotros
adentro. Aunque del ruido nadie se salva, los chillidos de las ratas, todas
gritando al mismo tiempo como si estuvieran una sobre otra o algo así y sus
patitas arañado la alambrada, ya que te acostumbras notas el otro sonido, el de
sus putos incisivos como alicates abriendo y cerrando a cada rato, está bien cabrón.
Bien pinche cabrón. Y pues, así son las cosas aquí, en el culo del mundo, esto
es Pallet Town, entras por la 1 y sales si te atreves.
> En Pallet Town
el único lugar “importante” es el laboratorio del profe, además de laboratorio
no hay ni madres más, solo los campos de cultivo que nos permiten seguir en el
mapa y unas cuantas casuchas cayéndose donde vivimos algunos hijos de la
chingada que todavía quedamos por aquí. El profesor es un viejo excéntrico que
se encabrona fácil, “trastorno explosivo intermitente” dice una hoja en su
carpeta de papeles importantes, lo que yo creo que pasa es que ha dedicado toda
su vida al estudio de las criaturas. Eso le hizo encabronarse, y cómo no, esos
putos están acabando con todos nosotros. A nadie le cae bien. Vive en la mejor
casa del pueblo, una mansión venida a menos, toda sucia y marcada con grafitis
y parece que un tsunami de tiempo le pasó encima con toda su furia, para
acabarla, el viejo vive solo con dos niños raritos que saco de quién sabe dónde
chingados. La mayoría de la gente le llama “monstruo” cuando no está cerca y
todos prefieren tenerlo lejos, ignorarlo y hacer el mejor esfuerzo para ignorar
también todas las chingaderas que pasan en su laboratorio, de allí salen los
rugidos y aullidos que vibran por todo el pueblo de vez en cuando. La verdad es
que yo no tengo pedo con él, cuando mi papá desapareció la cosa se puso muy fea
por acá, mamá no dice nada, solo ve televisión y a mí no se me da muy bien el
cuidado de las parcelas ni las cosechas, nos estábamos yendo a la chingada,
entonces el profe nos rescató, tiene una fortuna el muy cabrón, prácticamente
él mantiene mi casa ahora, a cambio yo lo ayudo con sus investigaciones y me he
convertido en una pieza fundamental en el proyecto actual en el que está
trabajando. Y bueno, el proyecto del profesor, ya que estoy en eso, se supone
que va a domar y controlar a alguno de esos monstruos que tiene en cautiverio y
ponerlos a pelear contra otros monstruos que estén allá afuera, ¡ja! Una puta
locura. La parte de la domesticación es la cabrona, pero allí entro yo, el
profe encontró una forma de lograr que los monstruos obedezcan, tiene que
trabajar con especímenes directos del huevo, la cosa es que los muy cabrones
son bien agresivos, como si nacieran programados para partir madres y conforme
van creciendo, puta, empiezan a hacer cosas raras, como que “ganan” armas
naturales cada día que crecen, entonces van mejorando su arsenal para chingarte
la vida, dice el profe que algunos pueden vomitar fuego, que hay otros que
invocan truenos hasta cuando no está nublado y otros que pueden hacer crecer
las plantas solo estando cerca, parecieran armas de guerra mutantes de la
naturaleza, el punto es que todo eso complica bastante eso de controlarlos y
fácil pasa una desgracia para el domador en turno, entonces empezamos a
trabajar con especies recién nacidas y resulta que es posible lograr ciertos
grados de… sinergia, dice el profesor. Aquí viene la pendejada: la sinergia
alcanza su grado máximo entre criatura y domador mientras más jóvenes son
ambos, ¡de puta madre!, eso quiere decir que mientras más pinche niño eres, más
fácil te resulta controlar una máquina de matar. La única regla es que los
monstruos solo pueden tener un entrenador, solo así se puede conservar el
control. La edad sugerida para el domador, que no sea tan joven que sea fácil
de devorar ni tan viejo que la sinergia no sea efectiva, es de diez años. Yo
tengo quince, pero me he pasado los últimos cinco de pie frente a una jaula
ejerciendo contacto visual con un monstruo hijo de la chingada, hablándole
mucho para que se le imprima mi voz y buscando sus ojos sin pestañear para que
acepte mi dominio, alimentándolo, aprendiendo de su comportamiento, cinco años
trabajando con una bestia enjaulada.
>Ayer el profe dijo
que estábamos listos, no sé para qué, pero me estoy cagando de miedo. Pero ya
tengo quince años, y dicen que en estos tiempos culeros, 15 son los nuevos 21,
por eso de que la vida diaria se ha convertido en una tremenda hija de puta.
R.
No hay comentarios:
Publicar un comentario