Recuerdo un juego de los días de antes del viaje, cuando era un mocoso rodeado de otros mocosos. Uno de esos juegos de niño pequeño, cazar monstruos, ser valiente e ir lejos, muy muy lejos de casa, como los chicos en la televisión.
Nos dirigíamos a la salida norte del pueblo, a la Ruta 1. La 1 es un camino deshierbado que lleva al norte hasta la ciudad verde. Nos reuníamos a las afueras del pueblo como a las cinco de la tarde, cuando los adultos que quedaban estaban trabajando en las parcelas y las mamás viendo televisión. Nuestro juego consistía en probar nuestro valor, ya sabes, ver quién tenía más bolas. El camino pavimentado de la 1 está bordeado de hierba alta, y justo allí era el punto de reunión, de frente a la maldita hierba alta. Las reglas eran bien simples: los chicos nos turnábamos para entrar a la maleza, uno, dos, tres, cuatro pasos hierba adentro, uno tenía que contar bien fuerte cada que daba un paso, el ganador era el cabrón que llegará más lejos, el que contaba más pasos antes de regresar corriendo a la seguridad del camino pavimentado. Yo tenía buena reputación en nuestro círculo de amigos, mi récord era de quince pasos adentro de la maleza, en ese entonces y en esas circunstancias, era un puto héroe.
Sé que ahora parece una pendejada, pero éramos apenas unos niños entonces, no sabíamos a ciencia cierta nada del mundo que nos había tocado, solo habíamos escuchado las pláticas de los adultos de vez en cuando, no teníamos idea de que el mundo mordía. Cuando lo recuerdo parece una película antigua filmada en color sepia, los golpes del corazón y el aliento pesado, los gritos “uno, dos, tres”, las nubes arrastrándose con toda la hueva del tiempo en el cielo quemado, el sol gigante como un papá, siempre cayendo a la chingada en el horizonte, un mundo bien lejano y caliente, no sé si me entiendes, ahora me deja una sensación en la boca como esas canciones odiosas y antiguas que suenan en la radio y luego no puedes sacarte de la cabeza, o como una mamá cuando era más guapa. Ese tipo de mierda componía mi mundo, donde jugábamos a combatir monstruos. Cuesta trabajo encontrar esas imágenes en la realidad que ahora entiendo, en todo lo que nos rodea.
Una tarde el profesor nos sorprendió. Todo pasó muy rápido, era mi turno para entrar a la hierba y yo estaba al máximo, iba por el décimo paso y sentía que nada en el mundo podría detenerme, todos los niños gritaban al mismo tiempo, contando y vitoreando, entonces pasó. Solo recuerdo una mano que me atenazó el hombro derecho, como una garra de acero, y el mundo entero dio una voltereta, era un brazo largo que me sacaba de la maleza con un movimiento salvaje y fui azotado contra el pavimento caliente, los niños corrieron hechos la madre pero el viejo no los siguió ni dijo nada, ni siquiera les dedicó una mirada, solo me sometía contra el suelo, con su mano derecha sujetándome el hombro y la izquierda hecha un puño atrapando el cabello de mi nuca.
-¡Rojo, ¡¿crees que esto es un puto juego?!
Por aquí solo hay una regla, una reglota de oro, seas quién seas: Evita la hierba alta.
Esto no es un puto juego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario